Una desaparición inexplicable, una madre angustiada que no cesó de buscar a su hija durante diez largos años, una vidente con una insólita revelación, un detective empeñado en resolver el caso... Éstos son algunos de los ingredientes de un argumento digno de la mejor novela negra. Pero no se trata de ficción, sino de un suceso real, aunque extraño, que ha pasado a los anales de la investigación policial con el sugestivo título de: "El crimen del tarot".
Joaquín Goyenechea, que hizo frente común con el fiscal llevando gratuitamente la acusación particular, recuerda perfectamente el caso: jamás en su dilatada carrera como abogado se había encontrado con nada parecido. El suceso comenzó como una desaparición al uso, aunque se tornó más y más confuso a medida que avanzaban las investigaciones. Sobre todo gracias a la decisiva intervención de una vidente que, por algún extraño ardid del destino, se ocupó de mover los hilos que desembocaron en una brillante investigación policial.
La protagonista de esta historia es Antonia Torres Sánchez, nacida en 1958 en Baena (Córdoba), hija de Francisco y Manuela, dos humildes trabajadores andaluces.
Siendo Antonia una niña, toda la familia se desplazó desde Baena a Tortosa (Tarragona). Sexta de once hermanos, Antonia encontró trabajo como sirvienta, lo que la llevó a dejar el domicilio familiar en 1975, a los 18 años de edad, para establecerse en Zaragoza. Precisamente en aquella casa conocería a su futuro novio, Fernando de Olmos.
La relación comenzó de manera casual. Fernando, que trabajaba como electricista, acudió cierto día a reparar una avería a la casa dónde Antonia estaba empleada. De aquel primer encuentro surgiría una amistad que terminó en noviazgo.
La vida de Antonia transcurría entre la rutina de su trabajo de su trabajo y su relación con Fernando, pero un día dejó de escribir y de llamar a su familia... No volvió a aparecer por casa de sus amigas ni a citarse con Fernando y tampoco regresó a su trabajo. Desapareció sin dejar rastro.
El doce de marzo de 1975, Manuela Sánchez cursó denuncia en el barrio de San José (Zaragoza) por la desaparición de su hija. Esta desaparición venía a sumarse a las miles que se producen anualmente en España. La mayoría terminan resolviéndose en poco tiempo, pero en algunos casos el desaparecido no regresa jamás. Y este último parecía ser el destino de Antonia. Tratándose de una joven físicamente agraciada, no era disparatado suponer que hubiese terminado en algún burdel de carretera o, peor aún, vendida por alguna red de trata de blancas fuera de España. Este pensamiento cruzó por la mente tanto de algunos familiares de la joven como de los policías zaragozanos que investigaron el suceso. Y poco a poco, con el paso de los años, el expediente fue acumulando polvo en el archivo policial. Sin embargo, la madre jamás arrojó la toalla, y continuó buscando a su hija con más ahínco que medios, durante casi diez años.
Pero en mayo de 1986, uno de los hijos de Manuela Sánchez le habló de un programa de consultas que en aquel momento tenía un gran éxito en Barcelona; se trataba de El Teléfono del Más Allá, un espacio de Radiocadena Española que presentaba y dirigía la vidente y cartomante Manuela Briola. La angustiada madre dirigió hacia allí su última esperanza.
La madre tardó más de mes y medio en comunicar con el programa y su angustiada voz salió al aire...
"Empecé con consultas telefónicas, comentaba la vidente, la gente me llamaba y yo desde el estudio, les echaba las cartas y abordaba el problema. Yo aconsejo, oriento psicológicamente o terapéuticamente con mis videncias. Pero como también me consultaban problemas de salud, matrimoniales, legales y de todo tipo, se me ocurrió invitar a mi programa a un psicólogo, un abogado y a un investigador privado".
"El 15 de julio de 1986, una mujer me llamó en sollozos, me preguntó por su hija de la que no tenía noticias desde una carta fechada el 30 de enero de 1977. Me dijo que se había ido de casa a raíz de unas discusiones y que hacía diez años que no sabía nada de ella. Yo le rectifiqué: Son nueve años, señora, no diez. Y yo la veo muerta y además, la han matado.
La visión me vino de repente y la solté a bocajarro. Después me sentí un poco mal porque fui muy brusca. El abogado Joaquín Goyenechea y el detective Jorge Colomer, que se encontraban en el estudio, se quedaron de piedra".
La vidente propuso a la madre, que fuera de micrófono se pusiese en contacto con el detective para que éste hiciese alguna indagación sobre la desaparición de su hija y, en lo posible, pudiese desmentir o ratificar la visión del tarot.
Una semana más tarde, los padres de Antonia se personaban en la agencia de detectives de Barcelona Investigator. Haciendo una excepción y sensibilizado por el problema de esa familia, de escasos recursos económicos, Colomer y Goyenechea decidieron hacer algunas pesquisas gratuitamente.
Pocas semanas después, los dos investigadores se desplazaban a Zaragoza para realizar la investigación de otro caso pertinente a su agencia, y aprovechando la coyuntura, se dejaron caer por la localidad donde vivían la familia del novio de Antonia y él mismo para hacer algunas preguntas.
El olfato y la experiencia del detective fueron decisivos. Durante la conversación con la madre de Fernando, el veterano investigador advirtió algunas contradicciones e intuyó que allí había "gato encerrado".
Ya en Zaragoza, ambos interrogaron a las amigas de la desaparecida y descubrieron que Antonia les había confesado poco antes de desaparecer, que estaba embarazada, y que la familia de Fernando no la veía con buenos ojos. ¿Se habría fugado la joven avergonzada por su estado? No. El olfato del detective apuntaba en otra dirección, y no podía dejar de pensar en la certeza con que la vidente había "visto" la muerte de la joven. Pero esto no era todo. La madre de unas amigas de Antonia confesó al investigador que una extraña visión se repetía obsesivamente en sus sueños y, por alguna razón, ella la relacionaba con la desaparición de la joven. En ese sueño se veía ante una caseta ardiendo en la que sabía que dentro había niños, pero no podía entrar ni abrir la puerta.
Tal vez en otras circunstancias Colomer no hubiese dado importancia a éste último episodio, pero en un caso como el que tenía entre manos, algo le decía que cualquier pista podía dar con la clave del asunto.
El ginecólogo de Antonia confirmaría más tarde su embarazo, y junto a otras pesquisas, los dos investigadores redactaron un informe que entregaron a la comisaría de policía de Barcelona. En ese informe de la agencia, que siguió la pista lanzada por la vidente, se planteaba la posibilidad de que Antonia Torres estuviera muerta. Tal vez, asesinada por su novio, diez años antes.
El informe resultó lo bastante convincente como para que la policía barcelonesa lo remitiese a Zaragoza. Y allí, el grupo de homicidios retomó la investigación. "Pedimos a Fernando que viniese a la comisaría para hablar con él por algo relacionado con su licencia de armas, recuerdan los policías encargados del caso. Como es muy aficionado a la caza, no sospechó nada, de manera que pudimos sondear su personalidad".
Tras algunas indagaciones que realizaron al mismo tiempo efectivos de la brigada, entre ellas la constancia de que la pareja había sido vista en otras ocasiones, y que Fernando negaba en sus declaraciones, llegaron a la conclusión de que mentía y empezaron a sospechar que tenía motivos para ello.
Tiempo después, tras ser requerido nuevamente y ante las evidencias expuestas por la policía, el joven se derrumba y confiesa que Antonia estaba muerta. Reconoce que él hizo desaparecer el cadáver, pero en tres declaraciones, da otras tantas versiones distintas de la causa del fallecimiento de su novia: en la declaración del uno de diciembre de 1986, confiesa que la joven había fallecido víctima de las secuelas de un aborto. Él, se habría limitado a incinerar el cadáver en una vieja caseta de pescadores...
El sumario del caso, hasta ese momento clasificado como "desaparición", se tornaba ahora en un proceso por el delito de "inhumación ilegal".
Aún después de las declaraciones, la policía continúa investigando y descubre que en la zona que indicaba Fernando no existía constancia de que se practicasen abortos, de manera que si no se podía confirmar la versión ofrecida por éste tampoco existían pruebas de que mintiese. Sin embargo, el destino estaba "empeñado" en que se hiciese justicia. El actual propietario del vehículo que entonces tenía Fernando es localizado, y las sospechas de que Antonia pudiera haber muerto de forma violenta comenzaron a tomar cuerpo cuando se comprueba que todos los asientos habían sido cambiados, salvo el del acompañante... ¿Casualidad? Es curioso que la nueva propietaria del "600" cambiase todos los asientos excepto aquel en el que Fernando aseguraba que se había desangrado la joven. Y más coincidencia que tras realizar varios análisis del tejido de dicho asiento por si pudieran existir restos de sangre, el resultado fuese negativo...
Pero sin lugar a duda el indicio más importante llegaría tras una brillante investigación de campo de los policías encargados del caso.
Los inspectores acudieron, junto con el novio, a la caseta donde supuestamente se había quemado el cadáver. Había sido reformada en varias ocasiones, pues hay que recordar que habían pasado cerca de diez años desde los hechos. La Policía Científica logró localizar a los diferentes propietarios que habían tenido la caseta, y así reconstruir los hechos:
Cuando Fernando quemó el cadáver, el fuego derrumbó el tejado y el cuerpo fue cubierto por cascotes. Transcurrido algún tiempo, el propietario de la caseta se deshizo de esos escombros arrojándolos a un vertedero cercano.
La policía rastreó el vertedero, encontrando milagrosamente varios huesos humanos, entre ellos un hueso plano que corresponde a la zona del occipital. En dicho hueso, en su tercio inferior derecho tenía un orificio de unos nueve milímetros de diámetro.
Todos los restos humanos fueron enviados al Departamento de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de Zaragoza, en dónde la catedrática María Castellano realizó un exhaustivo análisis de los mismos, y una vez más, el destino o quizás alguna fuerza extraña, movió los hilos del azar para que se esclareciese el caso. Las vértebras encontradas presentaban una anomalía que sirvió para identificarlas como pertenecientes a Antonia, que sufría problemas de columna. Pero la pieza clave del hallazgo fue el pequeño trozo de cráneo con un orificio circular en el centro. El orificio que atravesaba el hueso era producto del impacto de un proyectil del calibre 22. Fernando Olmos poseía una carabina Mikou de ese calibre, arma que vendió algunos días después de la desaparición de Antonia.
Finalmente Fernando confesó. Ante la tensión del embarazo no deseado, y frente a la radical oposición de su familia a que contrajesen matrimonio, en un arrebato de enajenación mental mató a su novia (y a su futuro hijo) y se deshizo del cadáver.
La vidente estaba en lo cierto: Antonia Torres había sido asesinada.
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